Los Amores - "Atilio"
El día ya había empezado mal. A las 9 tenía que estar en Parque Patricios para una entrevista de trabajo y eran las 7:55 pero la alarma nunca sonó. Como no había tiempo para desayunar, se comió un pedazo de queso fresco y puso a cargar el celular, que tenía 3% de batería. Hizo pis y se cepilló los dientes en simultáneo y con la mano que le sobraba se puso las botas sentada en el inodoro. Los perros excitados la esperaban sentados moviendo sus colas como péndulos locos a la salida del baño. El perro es bicho de ritual y ellos sabían que después del cepillo de dientes venía su paseo matutino. No pararon de saltar durante toda la colocación de las correas. Se puso la campera y salió del departamento. En el momento exacto en que escuchó cerrarse la puerta se dio cuenta. No había agarrado las llaves. Se quedó congelada dos segundos sintiendo el tamborileo del corazón y el calor que subió a sus cachetes. Bajó por el ascensor conteniendo las lágrimas y se quedó un rato en el hall esperando que algún vecino le abriera la puerta. Ya estaba llegando tarde y estaba encerrada afuera de su casa con sus dos perros, sin plata y sin celular. Finalmente un vecino apareció y salió a la calle hacia la cerrajería de Atilio. Llegó transpirando hasta el local donde Atilio tomaba mate. La vio muy nerviosa, temblando, los perros ansiosos le tironeaban de las correas. Antes de contarle lo que le había pasado le preguntó la hora. Ya no podía llegar a la entrevista. Le quiso explicar que se había olvidado las llaves pero se puso a llorar. Atilio la hizo sentar, le sacó las correas de las manos y le dio un vaso de agua. Tranquila, no pasa nada. Cuando se recompuso fueron hasta la casa. Atilio y ella se sentaron en el cantero de la entrada del edificio y los perros se echaron a sus pies. Y ahí se quedaron esperando hasta que otro vecino los dejó pasar. Ahora parados frente a la puerta ella se sentía estúpida. Atilio sacó de su caja de herramientas un artefacto extraño que introdujo por la mirilla. La puerta se abrió con un clic. Los perros entraron primero, como si nada hubiera pasado, y después entró ella.
Atilio se agachó frente a la cerradura. Esta está mal puesta, dijo. Sacó más herramientas de la caja. Ajustó, aflojó y volvió a ajustar. Giró las llaves para un lado y para el otro. La puerta cerró mejor. Levantó la vista. Ella estaba sentada en el sillón mirando a la nada, los perritos sentados al lado. Vio los platos acumulados en la bacha, varias tazas repartidas por el monoambiente, ropa en la cama y en el piso, una mochila tirada al lado de la silla, la puerta del baño con un solo picaporte, la manijita de la alacena de la cocina colgando de un tornillo, el celular sin batería sobre la mesa. Atilio fue al baño y arregló el picaporte. De paso le puso WD40 a las bisagras. Cerró y abrió la puerta, que ahora no chillaba más. Después fue a la cocina y le puso el otro tornillo a la manijita de la alacena. Probó abrir y cerrar. Cerraba bien. Cuando terminó, guardó las herramientas. Bueno, me bajás a abrir? dijo mientras les hacía unos mimos en la cabeza a los perros. Ella se levantó despacio. ¿Cuánto te debo, Atilio? Nada, querida. Un día me traés un vino y listo. Ella lo miró dos segundos y se quebró. Lo abrazó y lloró como una nena. Atilio le dio unas palmaditas en la espalda. Tranquila, dijo. No pasa nada.


¡Divino! Atilio es el verdadero keombre.
Qué género hermoso el señor cerrajero. Me encantó ❤️ Todos necesitamos un Atilio en nuestra vida.